viernes, febrero 02, 2007

No, no era tan humano. Nunca había experimentado sensación ni sentimiento humano alguno.
Y esos ojos que sólo habían aprendido a mirar con odio se llenaron de lágrimas.
Observó el cielo desde la torre y se dejó caer sobre su lecho. Escondió el rostro entre las manos y las dejó caer súbitamente. No era necesario decir que se sentía miserable, que le preocupaba el no poder controlarse a sí mismo.
Pasa que me estoy convirtiendo en un monstruo. Un monstruo que quiere estar bien con todos pero que hace todo lo contrario a lo debería hacer para lograrlo. Y para sanar su mente. Pasa que no sé si quiero sacar a la bestia de mí, esa bestia que a veces considero un aliado.
Llego a decir cosas que no tienen fundamento con total convencimiento, como si fuesen verdades, sólo por ira. Si estuviese escribiendo un libro el personaje sentiría miedo de sí mismo. Pero yo no siento nada.
No hace falta escribir más.

domingo, enero 07, 2007

... y cantó hasta caer rendida sobre las aguas... las olas azotaban su cuerpo, la sangre teñía de rojo las profundidades, la mente cedía, los ojos se nublaban... con sus garras de bestia le arrebató el alma y la arrojó sobre las rocas para que los muertos la devoraran...

jueves, noviembre 23, 2006

PERSPECTIVAS, LA VERDAD A NUESTROS OJOS

De algún modo la filosofía puede parecer incomprobable. En su mayoría la gente la toma como el delirio de alguna persona que sobrerazonó demasiado o a la que “le falla algo”, si es que queremos ser un poco más diplomáticos en cuanto al vocabulario. ¿Que para qué sirve la filosofía? No se come, no se bebe, no sirve para pagar las cuentas, tampoco ha servido para crear máquinas sorprendentes… ¿Entonces qué?

La filosofía es el estudio de la verdad. Se encarga de la investigación, análisis y forma de llegar a ella. Mi hipótesis, así mismo, la busca. “El ser humano está limitado en cuanto a la verdad, ve una realidad que puede no ser verdadera, o al menos, no completamente”. He aquí lo que quiero demostrar. Y sé muy bien, además, que no es plenamente comprobable. La mayoría de los argumentos están aquí, dentro de mi cabeza, no en libros ni en páginas de Internet. Y tampoco son demasiados. El saber muchas veces te trae un placer inaudito. Esto, precisamente, es lo único que me mueve.

Con decir que el ser humano conoce una verdad limitada, quiero expresar lo poco que conocemos y la subjetividad de nuestra supuesta realidad. Intentaré así demostrar exponiendo mis propios pensamientos intercalados con análisis realizados a distintos filósofos, rebatiendo o reafirmando sus creencias expresadas en fragmentos de sus escritos.

Si nos centramos en los cambios que se han desarrollado a lo largo de la historia podemos ver un poco lo que pretendo explicar. ¿Dónde se ubica la Tierra?, le preguntas a un sabio medieval. “En el centro del Universo”, te responderá. Bien. ¿Y hoy qué es lo que sabemos? Que la Tierra es uno más de tantos planetas de un sistema que gira en torno a un Sol y que, para colmo se encuentra en algún lugar bastante impreciso del Universo. El esquema cambió completamente. Puede que no sea una verdad que influya de forma directa en la vida de las personas. Pero sí sirve como ejemplo para testificar que mi hipótesis, al menos, tiene los pies bien puestos.

El Mito de la Caverna fue utilizado por Platón para explicar parte de su Teoría del Mundo de las Ideas. Corresponde precisamente a una metáfora de la situación del hombre en relación a la verdad y al ser. Yo la utilizaré precisamente con este último fin. (El Mundo de las Ideas puede esperar para salir en otra ocasión).

“Imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea provista de una larga entrada, abierta a la luz, que se extiende a lo ancho de toda la caverna y unos hombres que están en ella desde niños, atados (…) de modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia adelante, (…); detrás de ellos, la luz de un fuego que arde (…) y entre el fuego y los encadenados, un camino situado en alto; y a lo largo del camino (…) un tabiquillo parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros (…)”,

“Pues bien, contempla ahora, a lo largo de esa paredilla, unos hombres que transportan toda clase de objetos cuya altura sobrepasa la de la pared, y estatuas de hombres o animales (…); entre estos portadores habrá (…) unos que vayan hablando y otros que estén callados.(…) “¿Crees que los que están así han visto otra cosa de sí mismos o de sus compañeros sino las sombras proyectadas por el fuego sobre la parte de la caverna que está frente a ellos? (…)¿Y si la prisión tuviese un eco que viniera de la parte de enfrente? ¿Piensas que, cada vez que hablara alguno de los que pasaban, creerían ellos que lo que hablaba era otra cosa sino la sombra que veían pasar? (…) Entonces no hay duda (…) de que los tales no tendrán por real ninguna otra cosa más que las sombras de los objetos fabricados.”

“Examina (…) qué pasaría si fueran liberados de sus cadenas (…) Cuando uno de ellos fuera desatado y obligado a levantarse súbitamente y a volver el cuello y a andar y a mirar a la luz y cuando, al hacer todo esto, sintiera dolor y, por causa de las chiribitas, no fuera capaz de ver aquellos objetos cuyas sombras veía antes, ¿qué crees que contestaría si le dijera alguien que antes no veía más que sombras inanes y que es ahora cuando, hallándose más cerca de la realidad y vuelto de cara a objetos más reales, goza de una visión más verdadera, y si fuera mostrándole los objetos que pasan y obligándole a contestar a sus preguntas acerca de qué es cada uno de ellos? ¿No crees que estaría perplejo y que lo que antes había contemplado le parecería más verdadero que lo que entonces se le mostraba?...”[1]

Esto es lo que Platón transcribe (si bien en forma de diálogo) en el libro VII de “República”. Y podríamos perfectamente ser nosotros mismos hombres y mujeres encerrados en una cueva, limitados a una visión errada de la verdad. Una realidad a la que estemos cegados, cosas que nunca se nos imaginen porque no tenemos siquiera una remota idea de la esencia o del concepto de ese “algo”. Imaginemos, al igual que lo hizo Platón. Pensemos en un mundo donde el sentido del olfato no existe. No conoceríamos lo que es y menos sabríamos conceptualizarlo. El mundo abarcaría olores, pero nosotros estaríamos limitados a conocer más allá de lo que nos permitiese nuestra condición humana. Tampoco sabríamos definir lo que es el “no haber olores”, menos aún no entendiendo ni conociendo el concepto de “olor”. Podríamos intentar lo mismo con la vista, el tacto, el gusto… Sin hacer mucho esfuerzo es posible imaginarlo. Estaríamos ignorando un conocimiento por nuestra limitación. Y pensaríamos que la realidad es lo que tenemos frente nuestro. Semejante a lo que puede estar sucediendo hoy en día.

Fue hace varios siglos antes de que cualquiera de los que pisamos esta tierra naciéramos que Protágoras, filósofo griego de tendencia sofista, se planteó algo más o menos parecido. De algún modo se daba cuenta de la limitación del ser para conocer la verdad. Y terminó concluyendo que la verdad era subjetiva según la persona y el tiempo.

“Distintos hombres pueden ver una misma cosa de diverso modo y aún en un mismo hombre, pueden variar en distintos tiempos, las impresiones del color, del sonido y del gusto. De donde se deduce que no existe una verdad común a todos los tiempos”.[2]

Y otra frase que deja mucho más claro y en menos palabras:

“Cada cosa es para mí, según se muestra a mí; y para ti, según se muestra a ti”.[3]

Podemos ver que los sofistas no tenían una visión objetiva de la verdad. Y, sin embargo, rebato y pienso que debe existir una verdad absoluta. Puede que nadie tenga el agrado de conocerla, pero de existir existe, pues, si existe materia, existen reacciones, existen sentimientos, si existe vida, también está presente. Para la percepción humana podríamos validar la frase de Protágoras, pero para lo que respecta a la globalidad, no. No es posible.
Un ejemplo práctico: tenemos una pared y detrás, una manzana. Desde mi lado observo un mero muro blanco. ¿Entonces la manzana no forma parte de la realidad acaso? Vamos cuestionándonos. En el caso más extremo podríamos decir que no forma parte de “mi realidad” pero “la realidad” es algo más objetivo que eso. En general puedo percatarme de que Protágoras se equivoca, pues nos estaría hablando de una “visión de realidad”, no de “la verdad”.

Los seres humanos generalmente toman en cuenta “su realidad”, como “la verdad”. Aquí es donde nos limitamos y podríamos decir que pensamos como sofistas.

Sigamos analizando:

“El hombre es la medida de todas las cosas: de las que son, en cuanto son, y de las que no son, en cuanto no son”.[4]

Protágoras pensaba que para el que existe, existen las cosas y para quien no, no. En cuanto a esto seguiría diciendo lo mismo. Reiteraría que debe existir “la verdad”, tanto como “la verdad del ser humano” o “mi verdad.”. Él nos habla sólo de percepciones, a pesar de que no sea mentira el que podamos percibir la realidad de un modo distinto cada persona. Pero el punto es, además, declarar la existencia de una realidad objetiva, aunque nadie pueda conocerla, y sabiendo que esta cambia constantemente.

Osvaldo Spengler fue otro destacado filósofo que, en general, se centró en el razonamiento en torno a la historia y las culturas. Pero también escribió acerca del tema que estudiamos. Y con él es con quien mayormente comparto opiniones.

“La realidad en sí, el mundo circundante nos son desconocidos, porque careemos de medios para cerciorarnos de que a nuestros conceptos corresponda algo objetivo, algo exterior a ellos mismos”.[5]

Yo no podría haber expresado mi hipótesis con mayor claridad. Es precisamente a esto a lo que me refiero. Todo, incluso lo que denominamos “espacio real” es subjetivo y por eso nos encontramos limitados. Nos es imposible salir de nuestros conceptos para conocer el mundo material como es en sí. ¿Alguien acaso puede comprobar que lo sabemos todo? Es también esto lo que a sugerido la creación de un ser supremo y omnisciente en las distintas épocas. Ni siquiera la ciencia puede cerciorarse de que lo conocemos todo, por lo tanto la verdad de la que estamos tan seguros no es completa. Incluso puede que no constituya una verdad. Podemos pensar así en cosas lo suficientemente fantasiosas como para que te miren con una cara de escepticismo impenetrable o en situaciones más aterrizadas. ¿Qué podemos proponer? La vida en otro planeta, la posibilidad de que seamos meras marionetas de un titiritero, de que formemos parte de un sueño, de que existan otras dimensiones aparte del tiempo y el espacio, u otros sentidos…

“El ser humano está limitado en cuanto a la verdad, ve una realidad que puede no ser verdadera, o al menos, no completamente”. Hayámonos nuevamente frente a lo que se planteó en un principio. ¿Qué puedo decir para terminar este ensayo? Digo, pues, que la subjetividad es tanta que ni se puede comprobar que la verdad es distinta de la que conocemos, ni tampoco que es simplemente la que observamos con nuestros ojos, escuchamos con nuestras orejas, gustamos con nuestras lenguas, palpamos con nuestra piel y olfateamos con nuestras narices. Sigo bien, inclinada hacia la existencia de una verdad desconocida, y si lo pensamos no es algo descabellado tomando en cuenta los argumentos anteriores. Pero, desgraciadamente nuestra limitación sí es algo real. Por lo tanto no podemos justificar ninguna de las dos posiciones. Quedan sí, múltiples inquietudes existencialistas, tomando posibilidades como las citadas en el párrafo anterior. El ser humano ha vivido sin conocer y se encuentra en una constante búsqueda a través de las ciencias. Sin embargo, su posición frente a la realidad nunca abarca lo que podría aprenderse, o lo que nadie sabe que existe, pero es. Arrojo entonces algunas preguntas. ¿Qué sucedería si un día al lanzar una piedra, en vez de caer, se elevara? ¿Considerarían que se encuentran en la realidad? ¿Y si es así? ¿Es válido que cada uno posee su propia verdad? ¿Existe alguien que conozca “la verdad”? Y es que realizando este ensayo me he reafirmado el que el saber termina convirtiéndose muchas veces en un capricho humano. Podríamos vivir perfectamente sin estos conocimientos. Pero muchos se sienten atraídos por ellos.